Número de Expediente 1524/04

Origen Tipo Extracto
1524/04 Senado De La Nación Proyecto De Resolucion GIUSTINIANI Y OTRAS : PROYECTO DE RESOLUCION RINDIENDO HOMENAJE A D. ALFREDO P. BRAVO , EN EL PRIMER ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO .-
Listado de Autores
Giustiniani , Rubén Héctor
Conti , Diana Beatriz
Ibarra , Vilma Lidia

Fechas en Dir. Mesa de Entradas

MESA DE ENTRADAS DADO CUENTA Nº DE D.A.E.
21-05-2004 02-06-2004 96/2004 Tipo: NORMAL

Fecha de Ingreso a Dir. Gral. de Comisiones

DIR. GRAL. de COMISIONES INGRESO DEL DICTAMEN A LA MESA DE ENTRADAS
24-05-2004 SIN FECHA

Giros del Expediente a Comisiones

COMISIÓN FECHA DE INGRESO FECHA DE EGRESO
EDUCACIÓN, CULTURA, CIENCIA Y TECNOLOGIA
ORDEN DE GIRO: 1
24-05-2004 02-06-2004

ENVIADO AL ARCHIVO : 15-06-2004

Resoluciones

SENADO
FECHA DE SANCION: 02-06-2004
SANCION: APROBO
COMENTARIO: SOBRE TABLAS
NOTA:
En proceso de carga
Senado de la Nación
Secretaría Parlamentaria
Dirección Publicaciones

(S-1424/04)

PROYECTO DE RESOLUCIÓN

El Senado de la Nación

RESUELVE

Rendir homenaje al maestro Alfredo Pedro Bravo al cumplirse el 26 de
mayo de 2004 el primer aniversario de su fallecimiento.

Rubén Giustiniani.- Diana B. Conti.- Vilma L. Ibarra.-

FUNDAMENTOS

Sr. Presidente:

El 26 de mayo de 2003 murió el ciudadano Alfredo Pedro Bravo, hombre de
pasiones cívicas, que lo llevaron a ser maestro, dirigente sindical,
subsecretario de Educación, copresidente de la Asamblea Permanente por
los Derechos Humanos, diputado nacional, Presidente del Partido
Socialista y Senador elegido por los vecinos de la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires.

El desfile incesante de mujeres y de hombres que en jornadas del 26 y
27 de mayo de 2003 se produjo en el Salón de los Pasos Perdidos del
Congreso de la Nación, despidiendo al maestro, manifiesta el dolor y
la angustia que su desaparición dejó en quienes llegaron
espontáneamente a darle su adiós, aquellos que lo sentían como uno de
ellos: los jóvenes y la gente del pueblo.

A lo largo de su existencia, Alfredo Bravo dio una dura pelea a favor
de la vida y contra todas las formas que representaban la muerte.
Trabajando hasta el último día, vivió intensamente sin desperdiciar un
minuto, acumulando una historia personal que bien vale recordar.

Hijo de Don Francisco y Doña Ángela Conte, Alfredo nació en Concepción
del Uruguay, la ciudad entrerriana levantada a orillas del río Uruguay.
Allí se encontraban los Bravo el último día de abril de 1925 cuando
nació Alfredo. La estadía en Entre Ríos fue breve, Francisco y Angela
hicieron las valijas para volver a Buenos Aires y afincarse en Villa
Urquiza, una joven barriada porteña. Allí, don Francisco abrió una
panadería donde Alfredo, niño aún, se levantaba todas las madrugadas
para recibir la primera horneada de panes y facturas que llegaban al
boliche para comenzar su reparto.

En ese ambiente dominado por la cultura del trabajo creció Alfredo y
supo hacerse tiempo para ser un cumplidor alumno en la escuela
primaria, un tolerable jugador de fútbol de potrero y un alegre
integrante de la comparsa del barrio, mientras colaboraba con la
economía familiar entregando a domicilio los pedidos que recibía la
panadería.

Al terminar la primaria, Alfredo vislumbró su vocación docente e
ingresó a la Escuela Normal Popular Mixta de San Martín, pasando luego
al Normal de Avellaneda de donde egresaría con el título de maestro de
grado.

Con tan solo 17 años, dejó de ser un simple habitué de la biblioteca
socialista y se afilió al Partido. Un año después se inició en la
docencia en una escuela rural. Aunque rica, esa experiencia fue breve;
pues a poco de comenzada debió interrumpirla para incorporarse al
servicio militar obligatorio. Tras su paso por los cuarteles, reinició
su labor docente ya en la ciudad de Buenos Aires y paralelamente se
incorporó a la Confederación de Maestros y Profesores donde aprendió el
abecé del gremialismo de la mano de Italo Américo Foradori.

En 1956, Alfredo planteó discrepancias con la conducción socialista y
fue expulsado del partido. Dos años mas tarde, sus compañeros del
magisterio lo designan para desempeñase como corredactor del Estatuto
del Docente, esa formidable herramienta legal que consagró los derechos
y las obligaciones de los que enseñaban y acabó con los inmorales
padrinazgos que hasta entonces hacían falta para ingresar a la docencia
y ascender en la carrera profesional.

Hacia fines de los 60, en Argentina imperaba la dictadura militar
encabezada por el general Juan C. Onganía y un séquito cívico militar
que entre sus despropósitos pretendió imponer una reforma educativa de
neto corte elitista que intentaba acabar con la histórica escuela
primaria.

Junto a otros importantes dirigentes de la época, Bravo encabezó una
lucha contra esa iniciativa dictatorial y en defensa de la escuela
pública que unió en la acción al entonces fragmentado mapa gremial de
los docentes y obligó al régimen a dar marcha atrás a su reforma.

Aquella experiencia convenció a muchos maestros y profesores de que si
habían logrado unirse para derrotar el proyecto educativo de la
dictadura, también podían y debían lograr su unificación gremial.

Bravo hizo suyo ese convencimiento y se lanzo a recorrer el país
intentando vencer resistencias, alentar voluntades unificadoras y limar
las diferencias en cuanto a la modalidad que debía adquirir esa
unificación.

Ese largo trajinar por el país fructificó el 11 de septiembre de 1973,
fecha en que nació la Confederación de Trabajadores de la Educación de
la República Argentina (CTERA).

Pero ese día, que debió ser de júbilo para los maestros argentinos, se
opacó pronto y se convirtió en jornada de luto en toda América Latina.
Del otro lado de la cordillera, un oscuro general derrocaba al gobierno
democrático del socialista Salvador Allende y ensangrentaba a Chile.
Rápidamente reaccionó la CTERA. En su primer comunicado de prensa
repudió el golpe militar, reivindicó la democracia y se solidarizó con
el pueblo chileno. Desde ese día hasta el año 1983 el gremio de los
maestros sería conducido por el propio Alfredo.

Corría el año 1975, tiempos de terrorismo paraestatal en los que la
vida humana valía muy poco para los asesinos de la triple A. En
diciembre de ese mismo año, Bravo y dirigentes de la talla de Oscar
Allende, Alicia Moreau de Justo y Raúl Alfonsín asumen la terrible
circunstancia por la que atravesaban los Argentinos y fundan la
Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

Meses más tarde, con el golpe de Estado, el gobierno de la dictadura
militar inició el período de la historia más trágico y sangriento que
conoció la Argentina.

Resistió a la dictadura desde el primer día activamente reclamando en
comisarías, cuarteles y ministerios, por los hombres y mujeres que
desaparecían. Así lo hizo hasta que en septiembre de 1977 le tocó a él
ser desaparecido. Un grupo de tareas se lo llevo de la escuela para
adultos en la que daba clases. En algún chupadero de la provincia de
Buenos Aires conoció la tortura de los subordinados de Ramón Camps y de
Miguel Etchecolatz.

Las presiones internacionales, más precisamente la exigencia del
Presidente de los EEUU, en ese entonces James Carter, al Presidente de
facto Argentino Jorge Videla que concurriera a Panamá con motivo de la
firma del tratado Carter-Torrijos, obligaron a que la dictadura
legalizara la situación de Alfredo y mutase su condición de
desaparecido en la de detenido a disposición del Poder Ejecutivo
Nacional. Durante más de un año estuvo en la Unidad 9 de La Plata para
luego pasar a un régimen de prisión domiciliaria.

Cuando recobró la libertad, su cuerpo aún tenía las llagas de la
tortura, pero su espíritu parecía no tener siquiera un rasguño. Volvió
a la humilde oficina de CTERA en la calle México donde también supo
funcionar la APDH. Cesanteado de sus cargos como docente, Bravo se
convirtió en vendedor de libros y en ese nuevo rol volvió a las
escuelas en las que directores y directoras, a sabiendas del riesgo que
corrían, le abrían las puertas para que el querido compañero pudiese
ganarse la vida.

Antes de ser secuestrado Bravo había retomado la actividad política a
través de su militancia en la Confederación Socialista Argentina, un
agrupamiento que intentaba aglutinar a los socialistas de la diáspora
que se iniciara tras la división del viejo partido en 1958.

En 1983, con el retorno de la democracia, el presidente Raúl Alfonsín
lo convocó como extrapartidario para ocupar la Subsecretaría para la
Actividad Docente. En esa función, Alfredo facilitó el reingreso a la
docencia de los cientos de maestros y profesores a los que la dictadura
había cesanteado o que habían tenido que dejar sus cargos para marchar
al exilio.

En 1987, cuando el Poder Ejecutivo impulsó las leyes de Punto Final y
Obediencia Debida, Alfredo Bravo se apersonó ante su amigo, el
Presidente de la Nación, le expresó su repudio hacia ambas normas y le
entrego su renuncia indeclinable al cargo que ocupaba. Luego, se volvió
a la escuela primaria de la que era director. Este último gesto tuvo un
significado oculto que merece ser destacado. Al renunciar a la
Subsecretaría, Bravo estaba en condiciones de obtener una de las
llamadas jubilaciones de privilegio. Como ese beneficio le parecía
indigno, decidió eludir la normativa en vigencia, trabajar tres años
más como docente y evitar así que le concedieran la suculenta
jubilación que obtenían los ex funcionarios.

Bravo, convencido de que el sistema democrático en Argentina reclamaba
la presencia de una fuerza socialista madura, coherente y con
capacidad, se incorporó con buena parte de sus compañeros de la
Confederación Socialista Argentina al Partido Socialista Democrático.

Como candidato de la Unidad Socialista, fue elegido en 1991 diputado
nacional por la ciudad de Buenos Aires. Junto con el socialista
santafesino Guillermo Estévez Boero y Ricardo Molinas integró un mini
bloque que batalló en inferioridad numérica contra las transformaciones
neoliberales.

Su mandato legislativo fue renovado en 1995 cuando fue candidato del
Frepaso y en 1999 cuando ocupó ese mismo lugar en la lista de la
Alianza. Similar reconocimiento recibiría en el 2001 cuando el voto
popular lo consagró senador por la ciudad de Buenos Aires, cargo que
jamás pudo ocupar.

A fines del 2000 fundó desde el bloque socialista democrático, junto
con otros legisladores, el ARI.

Conjugó muchos verbos, el principal fue, quizás, el de la unidad, unió
a los maestros de la República Argentina, unió al socialismo después de
44 años de estériles divisiones. Enseñó que la unidad no se declama, se
practica, se concreta en una visión común.

Socialista hasta la médula, su vida fue sinónimo de lucha. Vivió y
murió peleando por los derechos humanos, por la justicia, por la
libertad, por la igualdad. Fue su socialismo, un socialismo práctico,
impregnado de las cosas simples de la vida. Demostró con una actitud
coherente, militante, honesta, alejada de pragmatismo, con su
generosidad permanente y su solidaridad hacia los más débiles, la
profundidad de su conciencia de clase, de humanismo socialista.

Dijo muchas veces que la mayor distinción y premio que había recibido
en su vida era la candidatura a Presidente de la República por el
Partido Socialita. La jugó a fondo y se llevó la satisfacción de
comprobar que tanta gente, aún en los pueblitos más pequeños, más
alejados, en Misiones o en Neuquén, se acercaba a decirle: siga
adelante con su lucha, profesor, con su honestidad. Comprobó que ese
prestigio trascendía el resultado mismo de una elección. Era el
reconocimiento a una vida de lucha.

Rubén Giustiniani.- Diana B. Conti.- Vilma L. Ibarra.-