Número de Expediente 2976/03

Origen Tipo Extracto
2976/03 Senado De La Nación Proyecto De Ley ARANCIO DE BELLER :PROYECTO DE LEY ESTABLECIENDO EL 22 DE OCTUBRE COMO DIA NACIONAL DEL DERECHO A LA IDENTIDAD .-
Listado de Autores
Arancio de Beller , Lylia Mónica

Fechas en Dir. Mesa de Entradas

MESA DE ENTRADAS DADO CUENTA Nº DE D.A.E.
19-11-2003 26-11-2003 175/2003 Tipo: NORMAL

Fecha de Ingreso a Dir. Gral. de Comisiones

DIR. GRAL. de COMISIONES INGRESO DEL DICTAMEN A LA MESA DE ENTRADAS
21-11-2003 22-06-2004

Giros del Expediente a Comisiones

COMISIÓN FECHA DE INGRESO FECHA DE EGRESO
DE DERECHOS Y GARANTÍAS
ORDEN DE GIRO: 1
21-11-2003 22-06-2004

ENVIADO AL ARCHIVO : 11-01-2005

Resoluciones

SENADO
FECHA DE SANCION: 04-08-2004
SANCION: APROBO
COMENTARIO:
NOTA:PASA A DIP.
DIPUTADOS
FECHA DE SANCION: 16-12-2004
SANCION: APROBO
SANCION DE LEY
FECHA DE SANCION: 16-12-2004
NUMERO DE LEY: 26001
PODER EJECUTIVO DE LA NACION
RESOLUCION: Promulgo
FECHA: 05-01-2005
OBSERVACIONES: POR DCTO. 3/05
DECRETO NUMERO: 3/05
FECHA DEL DECRETO: 05-01-2005

Órdenes del Día

NÚMERO DE FECHA ESTADO ANEXO
602/04 25-06-2004 APROBADA Sin Anexo
En proceso de carga
Senado de la Nación
Secretaría Parlamentaria
Dirección Publicaciones

(S-2976/03)

PROYECTO DE LEY

El Senado y Cámara de Diputados,...

Artículo 1° Establécese el 22 de octubre de cada año como Día Nacional
del Derecho a la Identidad.

Art. 2° Dispóngase la realización en esa fecha de una jornada educativa
y de concientización en todos los niveles.

Art. 3° Comuníquese al Poder Ejecutivo.-

Mónica Arancio de Beller.-
FUNDAMENTOS

Señor Presidente

La Convención sobre los derechos del niño que forma parte de nuestro
plexo constitucional desde 1994, en su Art. 8 establece el derecho a la
identidad, derecho inalienable de todo niño a conocer quién es y
mantener lazos con su historia, su idiosincrasia.

Reconocida es, internacionalmente, la importancia de este derecho para
cada niño, niña, adolescente y joven, y reconocida es la importancia
particular que adquiere este derecho para aquellos niños que fueron
víctimas de un sistema perverso y horroroso, aquellos que fueron
secuestrados, robados y ultrajados. Me refiero a los hijos de los
desaparecidos que fueron privados de sus familias, de sus lazos, de su
realidad, para inventarle una mentira como vida.

Esos niños, hoy jóvenes, transitaron un camino que no les correspondía,
privados de su origen, de su historia y por sobre todas las cosas de su
verdad. En muchos casos fueron apropiados ilegítimamente, en otros
adoptados de manera subrepticia y dudosa. Otros niños fueron puestos a
disposición de los jueces de turno que olvidaron consignar sus datos de
filiación natural. Muchos son los casos, muchas las historias, pero una
sola la realidad, que nuestro país fue y es culpable ante esos niños de
delitos aberrantes y que todos y cada uno de nosotros somos cómplices
de la falta de memoria y el silencio.

En la década del 70 sucesivas desavenencias y falta de rumbos llevaron
al poder a un régimen nefasto, el de la privación de derechos y
garantías y la supresión de todo orden legítimo y constitucional: el
llamado Proceso de reorganización nacional, junto con él, y aún un poco
antes, comenzó la persecución más perversa y sistemática que haya
atravesado nuestro país. Miles y miles de hombres y mujeres, en su
mayoría jóvenes, comenzaron a ser observados, escrutados, detenidos,
torturados, secuestrados y asesinados y/o confinados en verdaderos
campos de concentración.

Las personas fueron perseguidas, los partidos políticos disueltos o
escondidos, las armas constitucionales destruidas, las ideas muertas o
exiliadas. El arte, la cultura, y la identidad, no ya solo la política,
acallados.

Hubo inocentes entonces y los sigue habiendo, y de entre ellos los más
inocentes fueron los niños, no solo los que crecieron mamando el miedo
y el olvido, sino, principalmente los que, sabiéndolo o no hoy,
sufrieron en su propia carne los horrores de la época.

Esos niños, mas de 400 según registran las abuelas de plaza de Mayo,
resultaron presa del sistema más perverso que pueda imaginarse. Fueron,
en muchos casos criados, educados y mantenidos por los victimarios de
sus familias, por quienes secuestraron a sus padres, los torturaron y
asesinaron, por quienes robaron sus pertenencias, y aún por quienes los
hicieron nacer en cautiverio, privados de un lugar digno y de alimento.

El daño es inconmensurable, lo que esos niños vivieron y sintieron en
sus primeros momentos de vida: el miedo, la desolación, el sentimiento
de abandono, los acompañarán mucho tiempo, lo puedan hacer conciente o
no. (Muchos eran bebes de días y algunos otros menores de 3 años).

El dolor es una marca, deja huella, en muchos casos indeleble, pero
también hace crecer y madurar. Quien lo ha percibido tiene más armas
para enfrentarse a esta vida, porque el dolor prepara y alerta. Pero es
necesario trabajarlo, tomar conciencia de él y sanarlo, como se curan
las heridas. Quien no puede desentrañar el origen de su lastimadura,
quien no es consciente de su dolor, carece de herramientas para vivir
dignamente, como persona, aún para sobrevivir, le falta un pedazo.

Los jóvenes que ayer fueron privados de sus lazos, arrancados de sus
familias y engañados, sufrieron la amputación de su pasado, de su
historia, de su identidad. Vivieron creyendo, o creyendo a medias, una
mentira, llamando padres a quienes no lo merecían, a quienes los
sometieron al olvido, aún antes de tener conciencia del recuerdo.

Esos jóvenes, apropiados o adoptados, conociendo o no que nos son hijos
legítimos de quienes los reclaman como padres, navegaron en la mentira
y en el fraude, y en muchos casos siguen, hoy, a oscuras. Por que quien
no puede ver para atrás con claridad, tampoco puede caminar seguro
hacia adelante.

Esos hijos del horror perdieron su esencia.
Como una realidad paralela nacida del mismo espanto nacieron las
"Abuelas de Plaza de Mayo". Abuelas que se encontraban abrazadas por el
mismo dolor, por la misma incertidumbre, por la misma necesidad de
encontrar justicia y luchar por los Derechos Humanos tenían nietos
desaparecidos o que nacieron durante el cautiverio de sus madres y
encontraron en ellos el motivo de su lucha.

Querían encontrar a sus nietos, recuperarlos, abrazarlos a la verdad y
protegerlos. No podían imaginar que podría ser fácil su gesta, pero aún
tenían fuerzas y una luz propia que les impedía bajar los brazos:
habían encontrado la comunión.

Algunos niños, muy pocos, fueron hallados en esos primeros años de
esfuerzo, eran aún pequeños y la restitución a sus lazos de sangre,
aunque traumática, se hacía más sencilla.

Por allí se hablo de identidad por primera vez y de la verdad como
reivindicación y como cura.

El camino del encuentro y la restitución fue en todos y cada uno de los
casos largo y obstaculizado. Desde la primera denuncia recibida en la
que se explicaban detalles imprecisos, hasta la efectiva identificación
de esos niños como hijos de..., nietos de... pasó mucho tiempo y mucha
angustia. Grupos de investigación ad hoc, equipos interdisciplinarios
de asesoramiento y la invaluable tarea del Banco Nacional de Datos
Genéticos harían posible, al final del camino, los abrazos filiales.

Pero antes las abuelas tuvieron que aprender, antes tuvieron que
inventar, antes tuvieron que llenar las lagunas del derecho y encontrar
fórmulas y formas novedosas para contrarrestar los efectos del horror.

De su lucha de esos tiempos nació el Derecho a la Identidad en la
Convención Internacional de los Derechos del Niño, el índice de
abuelidad, para determinar mediante análisis de sangre la filiación, el
Banco Nacional de Datos Genéticos, una ley marco y muchos otros
institutos que sirvieron de ejemplo en nuestro país y hasta en el
mundo. Porque la Argentina había instaurado una forma novísima de
delito: la privación de identidad, pero también podía encontrar el modo
de reparar el dolor, y eso lo descubrieron las "Abuelas".

Aprendiendo de las heridas se dictaba cátedra contra el olvido.

El tiempo pasa y de eso dan cuenta los niños, que ahora jóvenes, siguen
siendo buscados y queridos. Esos nietos siguen reclamando a la sociedad
su deuda pendiente, aunque no lo digan, aunque no lo piensen siquiera.
Muchos son los casos, cada uno es un mundo, muchas las reacciones y una
sola realidad: son y han sido víctimas y merecen respeto. Y como una
muestra de ese respeto necesitan que su derecho a la identidad no sea
letra muerta.

Todo este recuerdo de una historia tristemente conocida tiene por fin
aseverar que resulta imprescindible que, como cuerpo, dirijamos un
mensaje contundente en ese sentido, que, sin bemoles, resalte el
compromiso con los valores prescriptos en nuestras normas jurídicas.
Para lo mismo, instituir un día que invite a la reflexión sobre el
derecho a la identidad, y con él todos los derechos de los niños, niñas
y adolescentes, es una deuda pendiente.

Es esta una oportunidad histórica de saldarla y comprometernos con la
memoria y, para lo mismo, solicito a mis pares que acompañen esta
iniciativa sancionando el presente Proyecto de Ley.

Mónica Arancio de Beller.-